¿CARGAS O PURRES? EL MOCHIL

La recolección de la cosecha en verano, en Castilla generalmente de cereales, trigo, cebada, avena y algo de centeno, garbanzos y muelas, almortas, exigía un esfuerzo suplementario para los labradores. Para lograrlo se recurría a realizar un contrato especial durante los tres meses del estío a los trabajadores propios y ampliar la plantilla con algún otro en función de las necesidades de cada uno. Este contrato suponía un salario especial que llevaba aparejada la comida, bebida y cama si se puede llamar cama a un saco de paja sobre un trillo viejo en la caseta de la era, trabajadores y animales juntos, de la que no se separaban en esos noventa días salvo en la festividad  del Corpus (tres jueves hay en el año que relumbran más que el sol: Jueves Santo, Corpus Cristi y el Día de la Ascensión). Hoy ni aun eso, se pasa el jueves festivo al domingo. Y como todas las fiestas tienen su octava también se celebraba como festividad  local  el domingo siguiente al Corpus, La Octava. Al que se añadía solo el día de la Virgen, el 15 de agosto, para celebrar, agradecidos, que la recolección había ido bien.

La labranza de mi abuelo  era de dos pares de mulas y siempre tenía un “obrero” fijo, denominación en desuso por que supone una cierta “sumisión a la casa”, que con  su hijo,  operaba  una pareja (mulas y machos, se entiende: la Zagala y la Maravilla y el Argentino y el Mulato, junto a un caballito, el Verbenero que solo se utilizaba para servicios especiales).

En verano el equipo era el siguiente:

  • Mi tío Agustín, yerno de mi abuelo, El Conejo, más listo que el hambre, gazapo viejo, como este animal excavador, y verdadero jefe de la cuadrilla. Era el primer damnificado de la reforma agraria de Franco: tuvo que salir corriendo para Madrid, de funcionario,  para poder sobrevivir en aquel ambiente de pobreza. Era el más mayor. Se le había llamado durante la guerra incivil, con más de treinta y tantos años, para cubrir zonas de pacificación en regiones conquistadas, se entiende de la zona nacional. A él le toco el País Vasco.

Fue durante algún tiempo Jefe Local del Movimiento y lo recuerdo porque un día descubrí en su panera, sobre el trigo, dos banderas inmensas, preciosas, con astiles plateados y brillantes, una rojigualda y la otra roja y negra con un gran yugo y unas flechas. ¿Dónde mejor guardar una bandera que en la panera, sobre el trigo, la vida, el alimento material, junto al  espiritual? A los pies de las banderas se ponían también para conservar, a falta de neveras, las uvas, peras, manzanas, membrillos y jerbas.

Lo mismo que ahora que las banderas se pudren en las ventanas, ajadas por las abundantes aguas primaverales, fruto del cambio climático que estamos sufriendo, y el que está por venir, ahora por el brusco cambio político, a cuyos primeros sufridores  no ha dado tiempo a dar la orden de arriar  banderas.

Algún día sabremos que hicieron en el bar del antiguo Club 21 de mi “amigo Cortes”, también de centro reformista. Seguro que no cantaron “la muerte no es final” o escucharon un himno de trompeta de oración por “los caídos”, preciosos, del asesor áurico (¡si son unos mandundis! No duraran nada). Estoy por apostar que hicieron lo que nosotros, jóvenes, hacíamos en el humero de la bodega antes de bajar a la sisa pequeña a tomar la espuela: cantar “el Asturias patria querida” o “el vino que tiene Asunción”.     

  • Mi tío Emiliano, Palomo, que era apellido, no mote, como todo el mundo asociaba. Tenía un carácter muy especial, alegre, como si fuera un niño mayor, que hacia las delicias de todos nosotros, sus sobrino. Quizás era fruto de las  andanzas en su juventud: se incorporó a la guerra al cumplir los diez y ocho años en septiembre del 36 y licenciado nada más terminar esta, para ser llamado al día siguiente a filas por su quinta, para cumplir otros cuatro años de mili. ¡Siete años de guerra, que ya es! también damnificado, ahora  de la segunda reforma agraria: a Valladolid de funcionario.
  • Pedro, “el Gallego”, el más   Con muchos hijos, emigro, reforma agraria al canto, creo que al País Vasco.
  • Agustín, Montes, un tipo muy peculiar, soltero, tímido. Le gastábamos bromas porque le gustaba una moza del pueblo. Vendimiando le enseñábamos como hacerla un lagarejo caso de encontrase con ella. Le recordare siempre de niño con un esquilón llamando a la reunión del ganado mayor, machos y mulas jóvenes, del que su padre era pastor.
  • Félix, “el Chispa” un joven muy agradable. Emigro pronto, no sé dónde.

Todos formaban un buen equipo teniendo en cuenta que eran miembros distinguidos de  las familias de los conejos, cacahuetes, chapucas y palomos, sin que faltara un gallego a quien echar la culpa, como eran conocidos cariñosamente desde hace siglos y sin que ellos mostraran ningún disgusto por ello.

El equipo lo completaba yo, el Mochil, el más importante. La figura del mochil es el equivalente en la agricultura al aprendiz de la industria: taller y escuela. Esa figura que han descubierto los alemanes, 6% de paro juvenil. Formación dual lo llaman. En España 36%  hemos descubierto al becario, titulado superior, 500€ sin seguridad social.

Y era muy importante porque era el encargado de la logística general y el sustituto natural de todos los puestos: ahora trillo yo que hay que tornar la trilla, trae esa orca, apareja a la Zagala, ponla la retranca o el collarón, saca agua del pozo para el ganado… Según mi madre trescientas pesetas por verano, ¡que nunca vi!

Pero sobre todo lo más importante era traer el desayuno, la comida y la cena y el vino y el pan, el tabaco, hacer los recados…

Por la mañana mi madre me despertaba diciendo: “hay que llevar el desayuno a la era que están a punto de llegar del segundo viaje”. Mi abuela preparaba unas sopas de ajo inmejorables: a la lumbre de leña y en cazuela zamorana colocaba una tapadera de hierro cubierta con brasas lo que creaba una costra en las sopas que hacía que mantuvieran el calor interno y daban un sabor especial a las sopas.

Cada uno teníamos nuestra cuchara de madera colgada en la pared. Un limpión sobre la camisa o el pantalón para quitar el polvo y “todos a una” a por la sopa directamente de la cazuela. Sin separación de sexos, edad ni religión: como en Fuenteovejuna.

Extendíamos la trilla y a trillar hasta que me bajaban del trillo para tornar la trilla e ir a por la comida: cocido por la mañana y patatas guisadas por la noche con huevos estofados o bacalao seco. Almuerzo o bocadillo rápido a media mañana y tarde de fruta del tiempo.

Como la comida y bebida era del patrón se decía que los trabajadores engordaban en el verano por las carencias en casa durante el resto del año. O que las primeras semanas se comía una media de dos panes de kilo al día por persona para paulatinamente bajar a la dieta normal de un pan  diario.

Aparte de estas funciones el mochil era el encargado de rastrillar durante la siega, de aparvar al final del día o dar a la zanca durante el aventado y acribado.

Han pasado sesenta años y aún recuerdo como si fuera hoy como funcionaba aquel negocio:

Segar con una máquina que era una maravilla de técnica mecánica para aquella época: Se bajaba la plataforma de corte a la altura deseada y al avanzar con el tiro de dos mulas funcionaba la cuchilla de corte y unos rastrillos  de madera que peinaban la mies cortada acumulándola en la plataforma hasta que el operador, mi tío Agustín, pisaba un pedal que hacía que los rastrillos depositaran en la tierra una gavilla que los trabajadores recogían formando morenas, montones organizados de forma que si llovía no se mojara la espiga al escurrir el agua por la caña de paja. Unos años antes cuando la siega no estaba mecanizada se hacía con hocino. Nunca con guadaña. Una tarea muy dura que solía hacerse por cuadrillas de gallegos que aterrizaban por Castilla durante el verano. Mi padre en su juventud realizo estas tareas en la cuadrilla del tío “Vaente”, a destajo: otra vuelta a la tierra y paramos, y así una y otra vez hasta terminar extenuados la tierra y empezar la siguiente dando la primera mano y ya a comer. No valía retrasarse: iban unos de tras de otros tras el jefe de cuadrilla. Se reconocía a los segadores porque se les quedaba una cojera permanente ya que la pierna izquierda debe estar encogida  para que el hocino logre la altura mínima de corte.

Alguna tierra debía también ahora  segarse a mano por la pendiente: Carramonte. Y bajarse la mies con una escalera de mano arrastrada por una mula.

El mochil rastrillaba toda la tierra para recoger todas las espigas no agrupadas en las gavillas.

La mies se acarreaba  a la era, se extendía  y se trillaba. Una trilla diaria. Se tornaba la mies periódicamente para facilitar  trillar la paja y evitar romper el grano con las piedras afiladas de pedernal de que se dotaba el suelo del trillo.  El día acababa aparvando la trilla también con una técnica que permitía que el agua, caso de llover, escurriera por la superficie de la parva, al hacerlo por la paja consiguiendo que el grano quedara bajo aquella.

La siguiente función consistía en aventar primero la mies trillada para separar el grano de la paja mediante una máquina, la Aventadora Ajuria, un prodigio de la técnica al estar dotada de un gran ventilador, de movimiento a brazo mediante la zanca, una rueda de madera dotada de un mango que permitía que el operador aprovechara toda la fuerza generada por el cuerpo a través de los brazos. Al ventilador se asociaban un movimiento de vaivén las cribas de diferentes grosores para lograr que separase  por diferentes salidas la paja, el grano y las grancias.  La máquina se cargaba a mano mediante horcas por una tolva superior.

Esta operación se hacía dos veces: aventar y acribar, para limpiar totalmente el grano.

Al mochil se le encargaban las operaciones más sencillas, dar a la zanca, amontonar la paja, cargar la tolva…

Una vez limpio se envasaba en costales con una media fanega de madera y a la panera en el carro con el mochil para colocar y sacar los sacos del carro.

La paja se llevaba a los pajares, situados en alto,  introduciéndola por un bocarón, siendo el mochil el encargado, dentro del pajar, de desembocar, apilar dentro la paja y despejar la boca del pajar con una horca de tablillas de madera: polvo, sudor y lágrimas.

Nunca me toco acarrear la mies, que se hacía por la noche y de madrugada. Pero un día se le ocurrió a mi tío Agustín que fuera con el otro tío a por un carro de mies que había quedado en una tierrecilla del camino de la Ribera. Les había oído gritarse unos a otros: ¡cargas o purres!, pero no sabía lo que era hasta a aquel día.

Llegamos a la tierra y mi tío me dijo: tú a cargar y yo a purrir. Esta operación se hacía con una horca de púas metálicas y mango largo para alcanzar la altura máxima del carro, que cargado superaba ampliamente las teleras de redes que se añadían para aumentar la capacidad de transporte. Esta horca o gáruela grande se clavaba en cada morena elevando cada gavilla  que el cargador colocaba estratégicamente para lograr el máximo equilibrio y capacidad  para que no se moviera la carga durante el viaje.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando fuimos atravesando a la caída de la tarde el pueblo siendo el hazmerreír de tirios y troyanos por el  desastre de la carga. Sufriendo el oprobio  público. No se veía ni la galga del carro. Nos gritaban: “cargas o purres” para nuestra vergüenza.

Desde entonces procure aprender todas las técnicas agrícolas para que nadie pudiera avergonzarme: desde aricar, abonar, arrancar garbanzos, entresacar, podar a uña y pulgar, hacer manojos, subirlos a la barda, o cualquier otra que pudiera permitirme ganarme la vida algún día no muy lejano en que terminen quitándome la pensión y tenga que volver al pueblo por la contrarreforma agraria.

De aquellos años recuerdo el mal rato pasado llevando la comida al Paramo Cevico en donde estaba segando la cuadrilla, subido, a pelo, en el Verbenero y me perdí. Resulta curioso lo difícil que resulta moverse por el pueblo  en que no hay señales, a diferencia que en Madrid con tanta gente a quien preguntar. E incluso con taxistas que te pueden dar un buen rodeo para llegar a tu destino. Eso  se les va a acabar con unos tíos extraños que vienen del extranjero y no cobran con dinero.

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